miércoles, 7 de marzo de 2012

SÍSIFO Y TÁNTALO

Sísifo era rey de Corinto. Un día, por azar, ve una gigantesca águila, mayor y más espléndida que cualquier ave mortal, llevando una joven hacia una isla cercana. Cuando el rey de los ríos Aesopus le comunicó que su hija Aegina había sido secuestrada y que sospechaba que era Zeus, le pidió que lo ayudara a buscarla. Sísifo le contó lo que había visto, con lo cual, se atrajo la tenaz furia de Zeus, que lo envió al infierno. Allí se le castigó para siempre a empujar una roca hasta la cima de una montaña y a ver que, antes de llegar, rodaba hasta el lugar de la partida. Tampoco ayudó a Aesopus. El dios de los ríos fue a la isla, pero Zeus lo destruyó con un rayo. El nombre de la isla se le llamó Aegina, en honor de la joven, y su hijo Aeacus fue el abuelo de Aquiles, a quien se le llamó algunas veces Aeacides, descendiente de Aeacus.

Tántalo era un hijo de Zeus y de Pluto. En una ocasión, Zeus lo invitó a la mesa de los dioses en el Olimpo. Jactándose de ello entre los mortales, fue revelando los secretos que había oído en la mesa, y no contento con eso, robó algo de néctar y ambrosía y lo repartió entre sus amigos. Tántalo quiso corresponder a los dioses y los invitó a un banquete que organizó en el monte Sípilo. Cuando la comida empezó a escasear, decidió ofrecer a su hijo Pélope. Descuartizó al muchacho, coció sus miembros y los sirvió a los invitados. Los dioses, que habían sido advertidos, evitaron tocar la ofrenda. Sólo Deméter, trastocada por la reciente pérdida de su hija Perséfone, se comió el hombro izquierdo del desdichado. Por ello, cuando murió, Tántalo fue eternamente torturado en el Tártaro, siendo castigado a estar en un lago con el agua a la altura de la barbilla, bajo un árbol de ramas bajas repletas de frutas. Cada vez que Tántalo, desesperado por el hambre o la sed, intenta tomar una fruta o sorber algo de agua, estos se retiran inmediatamente de su alcance.

Andrea García. 1ºDE.


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